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junio 2018

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¿Cómo organizamos una sesión en base al modelo neuro? Algunas claves para una sesión Neurodidáctica

Si eres profesor seguro que en más de una ocasión te has hecho preguntas del estilo a ¿cómo puedo diseñar unas sesiones óptimas de clase para el alumnado? ¿existe un modelo ideal de clase para conseguir el aprendizaje de mis alumnos? ¿cómo sería esa clase excelente, que ingredientes tendría que tener? ¿cómo se organizarían los tiempos para que el proceso de aprendizaje fuese lo más eficaz, sin agotar y sin aburrir a mi clase?

En Niuco son preguntas que nos planteamos a diario y en esta entrada queremos compartiros las respuestas que nosotros hemos ido encontrando a partir de las reflexiones sobre las investigaciones que hemos ido analizando, pero sobre todo gracias a nuestra experiencia como docentes.

La primera reflexión es que no hay un modelo de clase ideal, porque no existe un único modelo de alumno. La experiencia de aprendizaje surge en la interacción activa entre el aprendiz y todos los estímulos que recibe del contexto de aprendizaje, incluyendo dentro del contexto el contenido de aprendizaje, el escenario físico, los recursos empleados, el profesor y los iguales con los que se encuentra. Como cada alumno es un mundo en sí mismo y no hay dos alumnos iguales, cada experiencia de aprendizaje necesariamente va a ser única. Pero sí hay algunos aspectos, a los que dedicamos esta entrada, que hoy día sabemos que aumentan las posibilidades de que el aprendizaje suceda, que predisponen a los cerebros de nuestros alumnos para que puedan alcanzar un aprendizaje significativo de la forma más eficaz.  

Artist dips paintbrush in bucket of paint among other pots of different colored paint

Photo by russn_fckr on Unsplash

Otra evidencia que como docente ya habrás vivido en tus propias carnes es que una clase no empieza cuando suena el timbre. No, la clase comienza varios días, semanas o incluso meses antes de entrar en el aula, en la fase previa de diseño y de programación de las actividades que vas a llevar a cabo.

Para conseguirlo partes de los conocimientos previos de los alumnos y de los objetivos de aprendizaje que quieres lograr, y los enfocas desde un contexto cercano y relevante para tus alumnos. Construyes una narrativa para acercar los contenidos curriculares a tus alumnos y de esta forma consigues que aparezcan de forma contextualizada, relacionados con la realidad de los alumnos, conectados entre sí y con otros conceptos que hayan tratado en otro momento o en otras disciplinas, para dotarlos de sentido y de significado.

Una vez identificado el vínculo con los alumnos, buscas los materiales, los recursos (tecnológicos o no), que te ayuden a alcanzar esas metas de aprendizaje. Dependiendo del contenido que se trate, de la edad y del nivel competencial de los aprendices, del momento del proceso de aprendizaje en el que se encuentren, decidirás el tipo de agrupaciones que emplearás para cada actividad, tal y como contamos en esta otra entrada.

Otro de los aspectos que tienes en cuenta y que te va a condicionar el resto del diseño de la sesión de aula es qué herramienta de evaluación vas a utilizar para recoger las evidencias que te muestren el nivel de aprendizaje de tus alumnos, ¿usarás una diana de evaluacion, exámen, rúbricas, listados de cotejo, hoja de anotación de observación directa…?

Cuando ya tienes todo preparado empiezas la sesión, los primeros minutos son fundamentales, gran parte de lo que vaya a suceder a lo largo del resto de la sesión depende de lo que suceda en el arranque de la misma. En estos primeros instantes de acoplamiento donde los alumnos van tomando asiento tú les saludas, uno a uno cuando sea posible, porque necesitas construir un vínculo personal afectivo entre tú y los alumnos, generar un ambiente de confianza y de seguridad que predisponga emocionalmente a los alumnos, liberando con ello los neurotransmisores en su cerebro que facilitarán la construcción y consolidación de las nuevas redes sinápticas que conformarán las memorias donde conservar lo aprendido.

En estos comienzos de la sesión activas a los alumnos, les orientas hacia la tarea, captando su atención, poniendo en marcha los sistemas atencionales de alerta a través de anécdotas, de noticias, curiosidades, que aporten el contexto y vayan construyendo la narrativa que has planeado para suscitar el asombro y la curiosidad que son las puertas para cualquier aprendizaje. También aprovechas para sacar a relucir los conocimientos previos que los alumnos tienen relacionados con los objetivos que hoy te has planteado, para facilitar de esa manera la integración de la nueva información en los esquemas mentales de los alumnos. El objetivo es evocar de las memorias a largo plazo aquellos contenidos relevantes y llevarlos a la memoria de trabajo, para tenerlos activos durante el resto de la sesión y fomentar una comprensión más integral e interconectada donde los alumnos son capaces de situar los nuevos conceptos dentro de su campo cognoscitivo. 

A toddler standing at the bottom of a tall staircase

Photo by Mikito Tateisi on Unsplash

Situados ya los alumnos y predispuestos para el aprendizaje es el momento de que accedan a la nueva información. Las metodologías a emplear pueden ser muy variadas pero hay una premisa básica, el que aprende es el aprendiz, por lo que el peso de lo que suceda en el aula tiene que recaer sobre el alumnado. Son los alumnos los que deben procesar, transformar y gestionar la información para ir construyendo su propio conocimiento. Es el alumno el que hace mientras tú escuchas, guías, propones y evalúas lo que está sucediendo en el grupo. Según avanzan los alumnos en su proceso vas proponiendo actividades que implican un procesamiento de la información de un orden cada vez superior, de forma que el alumnado adquiere cada vez un conocimiento más profundo, mientras sigue subiendo en la taxonomía de Bloom, desde la comprensión, análisis, etc. hasta el momento (no en esta sesión, sino mediante un extenso y cuidado proceso) en que es capaz de utilizar el contenido de forma creativa para resolver un nuevo reto o problema, lo que significará que ha adquirido un aprendizaje significativo y competencial.

Mientras avanza la sesión el alumno procesa toda la información que va recibiendo, integrándola en su memoria de trabajo con aquella que ya disponía. Para llevar a cabo este proceso neural necesita estar concentrado, poniendo en juego sus funciones ejecutivas y, como sabes que la atención es un recurso limitado en el tiempo, propones diferentes actividades donde vas cambiando el foco de interés, utilizando todo el espacio del aula para activar los sistemas de alerta que mantendrán más despiertos a tus alumnos. Hasta que notas que la atención general empieza a decaer y entonces es cuando rompes la inercia de la clase y dedicas cinco minutos a una actividad que implica movimiento físico, donde los alumnos se relajan, sonríen, se mueven, refuerzas el ambiente emocional de pertenencia, de camaradería entre ellos. Así consigues una especie de reseteo, de descanso atencional, para seguidamente poder continuar con una renovada capacidad de atención ejecutiva suficiente para poder continuar la sesión con unas garantías mínimas de implicación y participación de los alumnos.

Mientras los alumnos trabajan, bien sea en individual o en grupos cooperativos, te vas acercando a ellos haciéndoles preguntas que les susciten nuevos interrogantes, nuevas líneas de investigación y oportunidades para la reflexión. Aprovechas esas conversaciones para darles una retroalimentación constante que les guíe a través de los avances que alcanzan en su proceso de aprendizaje, alimentando una motivación de logro basada en la consciencia del progreso, les transmites tu confianza y la evidencia de que la meta está cada vez más cerca. Mientras te desplazas entre un grupo y otro vas registrando las observaciones y anotaciones que luego te servirán para cumplimentar la herramienta de evaluación con la que estás trabajando.

Quedan unos minutos para el fin de la sesión, se te ha hecho corta, estás muy satisfecho del trabajo de tus alumnos que siguen dando lo mejor de sí mismos. Pero la clase tiene que cerrarse y no vas a permitir que sea el timbre quien lo haga. Y aunque están funcionando a tope haces la señal acordada con el grupo y todos dejan su tarea para poner sus ojos en ti. Es el momento de la reflexión sobre lo que ha sucedido en la sesión de hoy. Les dejas unos minutos de reflexión personal, algunos anotan por escrito sus impresiones. Si has trabajado en cooperativo, los secretarios escriben en el cuaderno de equipo el funcionamiento del grupo a lo largo de la sesión. Tú aprovechas para hacer tu propia reflexión sobre la sesión, ¿he alcanzado los objetivos planteados, cómo se han organizado los alumnos, han funcionado los recursos utilizados…?

Finalizada la reflexión individual lanzas al grupo algunas preguntas sobre lo trabajado a lo largo de la sesión. Por tu experiencia sabes que debes huir de preguntas que buscan una respuesta concreta, ahora no se trata de eso, queremos fomentar el pensamiento crítico y para ello tiramos de las clásicas cómo, cuándo, quién, con qué, y si… Preguntas que no se pueden responder con un sí o un no. Preguntas que relacionan conceptos y abren nuevos debates. Hacemos conexiones entre los conceptos, fortalecemos los aprendizajes y consolidamos las memorias. Revisamos los objetivos planteados al principio de la clase y nos autoevaluamos para ver hasta qué punto hemos conseguido alcanzarlos. De esa forma cerramos la clase, sacando conclusiones entre todos, ampliando las reflexiones individuales con las visiones colectivas, haciendo un recopilatorio de lo trabajado para abrir nuevos interrogantes de cara a la próxima clase.

Photo by Evan Dennis on Unsplash

Por último te despides de tus alumnos les dedicas una mirada de satisfacción y les felicitas por el buen trabajo realizado, se lo merecen. Un último momento de conexión emocional con los alumnos, te muestras abierto a las preguntas, dispuesto siempre a escuchar cualquier comentario que puedan hacerte. Ellos son el mejor recurso para seguir avanzando en tu propio proceso de aprendizaje en este fascinante universo de la educación.

¿Evaluar por competencias o contenidos?

Ha tenido que pasar tiempo para que el concepto de las competencias clave cale en la educación en España. Sin embargo, estas competencias clave vienen destacadas de la ley anterior, la LOE, que a su vez fue una profundización en cuanto al concepto de capacidades presentado en la LOGSE. Y en realidad nada de esto nos debe sorprender ya que las teorías de una educación integral vienen de autores clásicos como DeCroly, Freinet y John Dewey entre otros. Para citar éste último;

“Education is not preparation for life, but life itself”

Aun así parece que el debate está más a la orden del día que nunca. Quizás es debido a que coincide con un discurso muy generalizado de que en el mundo de hoy la información es abundante y rápidamente accesible. Muchos enlazan esta realidad con el propósito de la educación, siendo éste ya no la mera transmisión de conocimientos y contenidos, sino que debe facilitar al alumnado capacidades y competencias con las que puedan utilizar dichos conocimientos ante problemas y situaciones reales. En NIUCO hablamos y trabajamos con frecuencia acerca de esta realidad y acompañamos a centros educativos y a docentes en su camino dentro del ámbito educativo. A través de esta entrada en nuestro blog queremos aportar nuestro grano de arena a este asunto.

Resulta que ahora, por ley así por decirlo, todas las materias curriculares deben potenciar el desarrollo de las llamadas competencias clave. Éstas son 7 competencias que marca la LOMCE y que hacen referencia a habilidades y capacidades que los alumnos deban adquirir a lo largo de su escolaridad. El ministerio ya no alude sin más a un desarrollo íntegro, sino que lo hace detalla cómo debe ser y además, con los estándares de aprendizaje y criterios de evaluación, pues marca el camino de cómo llegar a ello.

No nos vamos a adentrar en cuán acertado puedan estar dichos estándares y criterios aunque sí delatar que más de uno no llegan a un nivel competencial de por sí. Queremos reflexionar más bien sobre la idea de contenidos y competencias en sí. Vemos a ambos como si fueran las dos caras de una moneda; es decir, uno no puede ser competente sin tener los conocimientos adecuados y dichos conocimientos realmente sirven de poco si no se hace nada con ellos, más allá del puro placer de saber (lo que nos llevaría a los tiempos de la antigua Grecia.) Sí se puede argumentar que cuanto más conocimiento tenga uno más recursos tendrá en futuras situaciones ahora desconocidas, en las que sus conocimientos generales le puedan servir. Nunca sabemos ni cuándo ni cuánto podamos necesitar a algo que sepamos o como base de para qué nos puede servir aunque no lo veamos ahora. Sin embargo, uno no puede ser competente sin tener esa base.

Si uno analiza los proyectos educativos en este país, tardará poco en darse cuenta de que el mismo discurso suele repetirse simplemente con una secuenciación variada de verbos, preposiciones, adverbios y adjetivos. Normalmente lo que uno se encuentra va en la línea de ‘educar a alumnos autónomos, creativos, capaces de resolver problemas’ y un largo etcétera. El caso es que, independiente de la misión, visión y valores de un centro u otro, parece haber un consenso sobre qué buscamos en los futuros ciudadanos y esta definición coincide con ser competente. Y para nosotros, llegar a fomentar la competencia en nuestros alumnos requiere cambiar el foco de la evaluación y quizás reestructurar la misma.

Veamos por un momento la taxonomía de Bloom. En esta reconocida taxonomía el autor nos propone seis niveles de pensamiento:

Taxonomía de Bloom, Niuco

Se ve reflejado claramente que para llegar a los niveles de pensamiento superior es necesario haber superado los niveles inferiores de conocimiento y comprensión del mismo. Nosotros entendemos de esta taxonomía que los contenidos y la comprensión de los conceptos van implícitos en el momento que una persona los aplica en situaciones del día a día. Sin embargo, vemos que el sistema educativo suele poner el foco de evaluación sobre los primero dos niveles de esta taxonomía y rara vez se adentra en una evaluación competencial de los estudiantes.

Muchas veces oímos a los maestros y profesores decir que sus carreras sirvieron de más bien poco y que realmente aprenden a ser profesores el primer día que entran en las aulas. Nos consta también que este fenómeno no es exclusivo al ámbito de la educación, y que realmente en la mayoría de profesiones uno empieza a ser competente dentro del ámbito laboral donde el rendimiento depende más de sus capacidades y competencias que de los conocimientos que puedan poseer los profesionales. Es cierto que enseñar para el mundo laboral roza los valores del neoliberalismo y que quizás sea una cuestión más bien de valores en lugar de una cuestión pedagógica. A la hora de profundizar en el papel de la educación pues deberíamos analizar cuál es el propósito del mismo haciéndonos muchas preguntas.¿Deben las instituciones académicas preparar a los alumnos para su futura incorporación en el mundo laboral? ¿El papel de las instituciones debe ser simplemente el saber y la sabiduría? ¿Son incompatibles ambos propósitos o podrían darse conjuntamente? Son cuestiones bien profundas que desde luego no pretendemos resolver en esta entrada reflexiva de nuestro blog.

Sin embargo, creemos que ante el panorama actual de la educación sí podemos dar algún sentido al debate de si evaluar por contenidos y conocimientos o bien evaluar por competencias. Entendiendo la escuela como un lugar de ensayo, un campo de entrenamiento, creemos que la escuela sí puede proporcionar experiencia competencial empezando con un cambio en cómo se evalúa. Generando un contexto para que los alumnos utilicen y apliquen los conocimientos adquiridos ante situaciones hipotéticas los docentes podemos proporcionar un significado de los mismos. Podemos lograr que los alumnos tengan una  visión más de para qué sirve lo que se aprende en las escuelas y universidades y que tengan la habilidad de extrapolar sus conocimientos a situaciones todavía desconocidas.

En una presentación, el neurocientífico Dr. Roberto Rosler, hace una presentación interesantísima de cómo podemos lograr que los alumnos recuerden. Nos llama la atención una parte hacia la final de la presentación en la que propone una temporalización para la evaluación de los alumnos de modo que, si ésta la superponemos sobre la taxonomía de Bloom tendríamos como resultado un modelo de “evaluación formativa y competencial”, tal y como se muestra a continuación:

Unidad / Tema / Proyecto

Presentación de contenidos

Control de recuerdo y comprensión de contenidos

Aplicación de contenidos

Análisis de la aplicación de contenidos

Evaluación de contenidos en casos prácticos

Creación de soluciones en situaciones reales y casos prácticos

En función de las actividades y ejercicios que proponemos a los alumnos, podemos subir por los diferentes niveles de pensamiento a lo largo de un tema o proyecto. Con una temporalización como ésta logramos una información muy valiosa acerca de los alumnos, generando un portafolio de aprendizaje rico en evidencias sobre su desarrollo tanto a nivel competencial como acerca de los contenidos.. Además, en los diferentes puntos son perfectamente aplicables distintos métodos de evaluación más y menos innovadores, donde los exámenes y controles sirven para comprobar los niveles de comprensión, redacciones y debates para analizar y evaluar los conceptos adquiridos y casos prácticos para la creación de soluciones al final de la temporalización. En una temporalización donde se contemplan los diferentes niveles de pensamiento alcanzamos lo que se va denominando una evaluación formativa, Que sitúa a los alumnos frente al grado de aprendizaje hasta el momento alcanzado y haciendole tomar conciencia tanto de sus conocimientos como de las capacidades adquiridas. Este proceso es el que para nosotros sí proporciona un aprendizaje significativo, un aprendizaje íntegro que fortalece las llamadas funciones ejecutivas. Y allí está nuestra visión del objetivo de la escuela, fomentar un desarrollo pleno en los jóvenes, para que puedan ser la mejor versión de sí mismos.

Y muchos pueden estar pensando a estas alturas en la gran cantidad de trabajo que puede suponer un cambio así. Pero os invitamos a concebirlo como un mero cambio de foco. Resulta que la mayoría de actividades y ejercicios, desde libros de texto, fichas, juegos, presentaciones e incluso exámenes tienen su lugar en este proceso de evaluación. Simplemente requiere un análisis de dónde está el foco de cada uno de ellos, bien en los contenidos o bien en las competencias, y en función de ese análisis situarlos en un lugar u otro de la temporalización. De este modo logramos acercar a los estudiantes a posibles situaciones reales a las que se enfrentarán en el día de mañana, viviendo de este modo la vida misma dentro del aula.

Nos gustaría acabar y dejaros con una analogía con el mundo del deporte. Los deportistas pasan muchas horas entrenando. Entrenan diferentes aspectos técnicos de su deporte y con cada cierta frecuencia hacen partidas, o simulacros entre compañeros, para medir su evolución a nivel técnico. Pues en esta línea podemos concebir el aprendizaje de cualquier materia de la misma manera: los jóvenes deben conocer de la mano de ‘expertos’ y a la vez tener la oportunidad de aplicar sus conocimientos y habilidades en situaciones reales antes de llegar al partido reglamentario.

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